El
relevo también es mérito
Por Jonathan Baró Gutiérrez
Procurador general de Corte de Apelación
«Puedes
conseguir cualquier cosa en la vida, siempre y cuando no te importe quién se
lleve el mérito», se atribuye a Harry Truman. La frase parece sencilla, pero
contiene una profundidad incómoda para quienes hemos ocupado responsabilidades
públicas durante muchos años. En el servicio institucional, sobre todo dentro
del Ministerio Público, no siempre resulta fácil aceptar que el mérito y el
reconocimiento no pertenecen únicamente a quien firma, dirige, autoriza o
aparece en la fotografía. Muchas veces el verdadero valor está en construir,
formar, acompañar y, llegado el momento, permitir que otros continúen.
La reciente
convocatoria a concurso interno para cubrir treinta y ocho plazas de
titularidades vencidas en fiscalías, procuradurías regionales, procuradurías
especializadas y abogados del Estado abre una conversación necesaria dentro del
Ministerio Público.
Durante los
próximos meses, algunos colegas que han ocupado titularidades durante años
podrían concluir su ciclo al frente de esas dependencias. Al mismo tiempo,
quienes hoy ejercen esas funciones de manera interina tendrán la posibilidad de
participar en el concurso, acreditar su trayectoria y, si resultan favorecidos,
ser designados formalmente como titulares. Ese movimiento es natural en una
institución de carrera. Lo anormal sería pensar que una posición directiva
puede convertirse en prolongación indefinida de la identidad personal de quien
la ocupa.
En más de
una ocasión, algunos han llegado a interpretar un ascenso en la carrera como
una forma de agravio o desplazamiento, cuando en realidad ocurre todo lo
contrario: constituye un reconocimiento. Esa lectura suele aparecer cuando no
estamos preparados para dejar una titularidad, asumir que una etapa concluyó o
enfrentar nuevos retos desde otra posición. El Ministerio Público no gana
fortaleza con cargos eternizados, sino mediante reglas que funcionan, una
carrera respetada, méritos evaluados con seriedad, relevos asumidos sin trauma
y servidores capaces de salir de una responsabilidad con serenidad, sin sentir
que pierden su dignidad, su historia o su valor institucional.
Dirigir
fiscalías, procuradurías regionales, procuradurías especializadas u oficinas de
abogados del Estado implica una carga enorme. No se administra una estructura
cualquiera. Se toman decisiones sobre investigaciones, víctimas, imputados,
bienes, medidas urgentes, equipos humanos, coordinación interinstitucional,
prioridades de persecución penal y respuestas frente a conflictos sociales
complejos.
Quien ocupa
una posición de autoridad suele convencerse, muchas veces con razón, de que
actúa en favor de la institución. El problema empieza cuando pasan los años y,
entre decisiones, autorizaciones, reuniones, equipos, choferes, asistentes,
llamadas y reconocimientos, la persona comienza a confundir el rol desempeñado
con su propia identidad. Todo eso puede ser legítimo mientras se entienda como
servicio. La dificultad surge si el despacho deja de verse como responsabilidad
temporal y se convierte en una forma de sentirse indispensable.
Recomiendo
especialmente el trabajo de David Owen y Jonathan Davidson, cuyo título puede
traducirse como Síndrome de hubris: ¿un trastorno adquirido de la personalidad?
Estudio de presidentes de Estados Unidos y primeros ministros del Reino Unido
durante los últimos 100 años (2009), breve pero sustancioso, porque permite
aprender de los errores cometidos por grandes líderes en el ejercicio del
poder. El concepto griego de hubris alude a la desmesura, al exceso, a esa
soberbia que lleva a una persona a perder conciencia de sus propios límites.
Esa noción
también puede ayudar a mirar, con prudencia, algunas dinámicas internas del
servicio público. No para diagnosticar a nadie ni convertir una reflexión
institucional en juicio personal, sino para advertir los riesgos que aparecen
cuando la autoridad se prolonga demasiado, los controles se relajan, el entorno
deja de contradecir y el reconocimiento constante termina alimentando una idea
equivocada de indispensabilidad.
Ahí aparece
el riesgo más silencioso del poder prolongado: convertir la experiencia en
derecho adquirido; el sacrificio, en propiedad; el liderazgo, en permanencia; y
el conocimiento institucional, en infalibilidad. Nadie debería ser disminuido
por haber dirigido durante años. La institución debe reconocer ese trabajo,
aprovechar la experiencia acumulada y preservar la memoria de quienes han
entregado buena parte de su vida al Ministerio Público, sin que ese
reconocimiento se convierta en permanencia indefinida ni cierre el paso al
crecimiento de otros.
Hay colegas
que, después de muchos años en una titularidad, pueden sentir la salida como
una derrota. No siempre por soberbia. A veces por apego genuino al trabajo,
sentido de responsabilidad, temor a que se pierda lo construido o por la
dificultad humana de desprenderse de una rutina que durante largo tiempo
organizó la vida completa. No se abandona únicamente un despacho: también queda
atrás una forma de ser visto, la llamada constante, la consulta diaria y esa
reunión donde todos esperan la palabra final. Esa pérdida pesa más de lo que
muchos admiten.
Freud
(1917), en Duelo y melancolía, explica que, ante la pérdida de un objeto
amado, la energía afectiva puede replegarse sobre el yo, produciendo una
identificación con aquello perdido; de ese modo, perder el objeto puede
transformarse en pérdida del propio yo. No es difícil entenderlo: cuando el
servicio desempeñado ocupa demasiado espacio en la vida, salir de él se siente
casi como renunciar a una parte de uno mismo. Aparece esa imagen dura, pero
real, de extitulares tratados como piezas valiosas, con historia y prestigio,
aunque la institución no siempre sabe dónde colocarlas.
Por eso el
relevo no debe manejarse como castigo. Quien sale de una titularidad no deja de
ser Ministerio Público. Tampoco pierde su carrera ni la historia construida.
Puede seguir aportando en áreas investigativas, consultivas y docentes, así
como en labores de asesoría técnica, mentoría, formación de nuevos fiscales,
preservación de la memoria institucional o participación en comisiones
especializadas. La entidad necesita aprender a retirar responsabilidades de
mando sin desechar personas valiosas.
Pero
también quienes han dirigido deben aprender a soltar sin resentimiento. Hay una
grandeza especial en entregar una función sin sabotear al sucesor, descalificar
el proceso, alimentar nostalgia destructiva o convertir la salida en tragedia
personal. El verdadero liderazgo no se mide únicamente por lo realizado
mientras se ocupó el cargo, sino por la forma en que se permite que la
institución continúe después.
El mérito,
entonces, no consiste solo en ganar un concurso; también se expresa en aceptar
sus resultados. Supone prepararse, competir con dignidad, reconocer al colega
que resulte favorecido y entender que el Ministerio Público es más grande que
cualquier despacho. Implica no aferrarse, haber formado a alguien capaz de
sustituirnos, dejar una dependencia mejor de cómo fue recibida y no necesitar
que todos los aplausos lleven nuestro nombre.
La
convocatoria de estas treinta y ocho plazas debe verse como una oportunidad
para oxigenar la institución. En algunas dependencias habrá continuidad; en
otras, relevo. En ciertos espacios se confirmará la capacidad de quienes
ejercen funciones interinas; en otros se abrirá paso a servidores con
trayectoria, formación y nuevas ideas. Eso es saludable. Una organización
cerrada sobre las mismas figuras durante demasiado tiempo corre el riesgo de
volverse predecible, rígida y dependiente de liderazgos individuales.
Por esa
razón, conviene formular una invitación franca a todos los miembros de carrera,
incluidos los más jóvenes: participen. No dejen al rumor, al desaliento ni a la
frase repetida de pasillo arrebatarles el derecho a competir. Siempre
aparecerán voces anunciando plazas con dueño, ausencia de posibilidades reales,
falta de oportunidad o procesos definidos antes de iniciar. Sin embargo, la
única vía legítima para evaluar, cuestionar o defender una convocatoria
consiste en someterse a sus reglas, ejercer los derechos reconocidos por el
sistema y mantener presencia activa en los espacios donde se decide el futuro
institucional.
Partir de
la sospecha como regla sería desconocer la responsabilidad histórica que pesa
sobre quienes tienen a su cargo la conducción del proceso, desde el Consejo
Superior del Ministerio Público, la Dirección General de Carrera y la Dirección
General de Persecución. No existen razones serias para asumir que una
convocatoria de esta naturaleza nacerá viciada. Al contrario, debe recibirse
como una oportunidad para fortalecer la carrera, abrir espacios, renovar
liderazgos y demostrar que el mérito puede abrirse camino sin pedir permiso al
rumor.
El
Ministerio Público necesita titulares de carácter, humildad, firmeza sin
arrogancia, experiencia sin desprecio por quienes vienen detrás y autoridad sin
confundir respeto con obediencia ciega. La persecución penal moderna exige
liderazgo técnico, inteligencia emocional, dominio jurídico, sensibilidad
humana, capacidad de gestión, manejo de crisis, comprensión tecnológica y
disposición permanente al aprendizaje. Ya no basta haber estado mucho tiempo.
El tiempo suma, pero no sustituye la evaluación.
Dejar el
ego en la puerta, como sugiere aquella reflexión atribuida a Truman, es quizás
una de las tareas más difíciles para cualquier servidor público. Resulta
difícil aceptar que otros pueden hacerlo bien. También exige comprender que la
institución no se derrumba porque uno no esté, y mirar el escritorio con la
serenidad de quien sabe que nunca fue suyo, sino apenas una responsabilidad
ocupada por un tramo. Pero ahí reside una forma superior de madurez
institucional: servir sin apropiarse, dirigir sin adueñarse, construir sin
exigir culto personal y marcharse sin romper lo que se ayudó a levantar.
El
Ministerio Público dominicano tiene por delante una oportunidad importante. Si
este proceso se conduce con seriedad, puede fortalecer la carrera, renovar
liderazgos y enviar un mensaje claro: las funciones directivas son temporales,
evaluables y sujetas al mérito. Dejar de ser titular no disminuye el valor de
un servidor, así como ganar una posición tampoco lo convierte automáticamente
en mejor miembro de la institución. Lo importante será que cada designación
responda al interés institucional, no a presiones, simpatías o nostalgias.
Al final,
el poder siempre debe recordarnos su condición pasajera. Hoy se dirige; mañana
se acompaña. En un momento se firma; luego corresponde a otro asumir esa
responsabilidad. Ahora se recibe el reconocimiento; después toca aplaudir desde
una silla distinta. Esa alternancia no empobrece la carrera, la dignifica.
Porque una institución verdaderamente fuerte no depende de que una persona
permanezca, sino de que muchas estén preparadas para servir cuando les
corresponda.
El relevo
también es mérito. Al final, ningún cargo supera el valor de un buen ejemplo.
Quien comprende eso a tiempo no se marcha disminuido: permanece como
referencia.
Referencias bibliográficas
Freud, S.
(1917). Duelo y melancolía.
Owen, D., & Davidson, J. (2009). Hubris
syndrome: An acquired personality disorder? A study of US presidents and UK
prime ministers over the last 100 years. Brain, 132,
1396-1406. https://doi.org/10.1093/brain/awp008
No hay comentarios:
Publicar un comentario