Ocupar el cargo de fiscal no es un concurso de belleza
Por: Jonathan Baró Gutiérrez
Procurador general de Corte de Apelación
Cuando una
persona decide ingresar al Ministerio Público, pocas veces imagina cómo esa
decisión terminará transformando cada aspecto de su vida. Al principio, todo
parece girar alrededor del derecho, la investigación criminal, los tribunales y
la vocación de servicio. Con el paso de los años se descubre que ocupar el
cargo de fiscal es mucho más que ejercer una profesión. Es asumir una forma de
vida que inevitablemente termina ocupando espacios que antes pertenecían a la
familia, a los amigos, al descanso y, en ocasiones, a la propia salud.
Después de
casi dos décadas en el Ministerio Público, he conocido fiscales
extraordinarios. Hombres y mujeres que han dedicado buena parte de su vida a
perseguir el delito, proteger víctimas y defender el interés público. He visto
colegas dedicar noches enteras a investigaciones complejas, acudir a escenas
traumáticas sin importar la hora y enfrentar presiones que difícilmente podrían
comprender quienes observan el sistema de justicia desde fuera. También he sido
testigo del costo silencioso que esa entrega suele tener en sus vidas
personales. Muchos servidores públicos admirables cargan consigo historias de
agotamiento, sacrificios familiares y renuncias que rara vez trascienden más
allá de los pasillos de una fiscalía.
La sociedad
suele observar al fiscal desde una perspectiva limitada. Lo ve durante una
audiencia, en una entrevista o cuando algún caso de relevancia nacional ocupa
los titulares de la prensa. Desde fuera, pareciera que su trabajo se limita a
presentar acusaciones, solicitar medidas de coerción o participar en juicios.
Sin embargo, gran parte de esa labor ocurre lejos de los tribunales. Transcurre
en madrugadas interrumpidas por llamadas urgentes, en fines de semana que dejan
de pertenecer a la familia para convertirse en jornadas de servicio, en
vacaciones suspendidas por una investigación inesperada y en largas horas de
análisis de casos complejos que exigen respuestas inmediatas. Es un trabajo
silencioso que rara vez ocupa titulares, pero que consume tiempo, energía y
tranquilidad en una proporción que pocos alcanzan a imaginar.
Pocas
profesiones mantienen un contacto tan directo con el sufrimiento humano. Quien
ejerce como fiscal escucha relatos que la mayoría de las personas preferiría no
conocer jamás: niños víctimas de abuso sexual, mujeres atrapadas en ciclos de
violencia, familias destruidas por un homicidio, personas desaparecidas o
padres que buscan desesperadamente respuestas ante una tragedia. Con el tiempo,
esas historias dejan de ser simples casos y pasan a formar parte de la memoria
de quien las investiga.
Aunque la
investigación concluya y el proceso termine, hay situaciones que permanecen.
Hay rostros que se recuerdan durante años y escenas que regresan
inesperadamente cuando se intenta descansar. Hemos sido formados para
investigar, acusar y procurar justicia, pero rara vez recibimos herramientas
para manejar el impacto emocional que produce convivir diariamente con el dolor
ajeno.
La magnitud
de ese impacto suele comprenderse mejor cuando se escucha a quienes han vivido
esa experiencia. Hace algún tiempo, un amigo fiscal que durante años trabajó en
el rescate y protección de víctimas me confesó algo que nunca he olvidado.
Después de dedicar gran parte de su carrera a investigar casos especialmente
sensibles, me dijo que prefería renunciar antes que volver a desempeñar
funciones relacionadas con esa área. No hablaba de cansancio físico ni de
exceso de trabajo. Hablaba de algo más profundo. Me explicó que el desgaste
mental y psicológico había sido tan intenso que todavía, años después, seguía
teniendo pesadillas con algunos de los casos que investigó. Había rostros,
historias y escenas que se negaban a desaparecer de su memoria. Aquella
conversación me hizo comprender que algunas heridas no dejan marcas visibles,
pero pueden acompañar a una persona durante mucho tiempo.
La
experiencia de mi colega no es excepcional. Cada vez más investigaciones
confirman que la exposición constante al sufrimiento humano, la violencia y los
acontecimientos traumáticos puede generar consecuencias emocionales duraderas
en quienes tienen la responsabilidad de investigarlos. Mientras las víctimas
reciben la atención y el acompañamiento que merecen, pocas veces se reflexiona
sobre el impacto psicológico que estas experiencias producen en quienes deben
escucharlas, documentarlas y procurar justicia.
En más de
una ocasión he escuchado a compañeros admitir que algunos casos los acompañan
durante años, incluso después de haber concluido judicialmente. No quedan
únicamente en la memoria como hechos o detalles de una investigación. Son
experiencias que dejan huellas emocionales profundas y que, en ocasiones,
reaparecen en momentos inesperados. Quienes trabajan durante largos períodos
con víctimas de violencia, explotación sexual, pornografía infantil o muertes
violentas suelen cargar un peso que no figura en las estadísticas
institucionales, pero que forma parte de la realidad cotidiana de la profesión.
La
evidencia científica ha comenzado a dar nombre a este fenómeno. Durante años se
pensó que el agotamiento profesional era un problema exclusivo del personal
médico o docente. Hoy sabemos que los operadores de justicia forman parte de
los grupos más vulnerables. Un estudio publicado en la Revista Peruana de
Medicina Experimental y Salud Pública, titulado «Burnout y calidad de vida
profesional en operadores de justicia que atienden violencia familiar»,
encontró niveles significativos de desgaste profesional y una afectación
importante de la calidad de vida de quienes desempeñan estas funciones.
La
preocupación también ha alcanzado el ámbito internacional. El informe
«Bienestar Mental en la Profesión Jurídica: Un Estudio Global», elaborado por
la International Bar Association, advierte que la salud mental constituye uno
de los principales desafíos de jueces, fiscales y abogados. Entre los factores
identificados figuran las jornadas excesivas, la presión constante, la
exposición permanente a conflictos humanos y la dificultad para mantener un
equilibrio razonable entre la vida profesional y la personal.
Aunque
estos estudios fueron realizados fuera del país, describen situaciones
conocidas por numerosos miembros del Ministerio Público dominicano. Basta
recorrer una fiscalía o conversar con quienes llevan años en la institución
para advertir que el agotamiento emocional no es una hipótesis académica, sino
una experiencia que muchos conocen de primera mano. La trayectoria de numerosos
fiscales está marcada por sacrificios que rara vez aparecen en los informes
institucionales. Hay quienes han visto pasar la infancia de sus hijos entre
audiencias y allanamientos; quienes han debido cancelar vacaciones planificadas
durante meses por una investigación urgente; y quienes han aprendido a convivir
con la incertidumbre de no saber a qué hora terminará realmente su jornada.
La familia
también experimenta los efectos de esta forma de vida. Aprende a convivir con
llamadas inesperadas durante la cena, con salidas apresuradas en la madrugada y
con la imposibilidad de planificar muchas actividades con absoluta certeza. Los
hijos, las parejas y los padres terminan comprendiendo que detrás de cada
emergencia institucional existe una ausencia que alguien deberá asumir en el
hogar. Son sacrificios que rara vez se contabilizan, pero que forman parte del
costo humano que implica sostener la persecución penal en una sociedad cada vez
más compleja.
El impacto
de esta dinámica no siempre se manifiesta de inmediato. A veces aparece
gradualmente en la dificultad para desconectarse del trabajo, en la sensación
permanente de estar disponible, en el cansancio acumulado o en la percepción de
que la vida personal ha quedado subordinada a las exigencias del servicio.
Existe
además una dimensión silenciosa de este problema. Con frecuencia se cree que el
fiscal está bien porque sigue compareciendo a las audiencias, dirige
investigaciones y mantiene la misma apariencia de firmeza de siempre, pero las
apariencias suelen ser engañosas. No son pocos los que han aprendido a esconder
el agotamiento detrás de una sonrisa profesional, a disimular las
preocupaciones para no inquietar a sus familias o a cargar en silencio
tristezas que consideran incompatibles con la imagen de fortaleza que el cargo
les impone. Como sucede con muchas personas que dedican su vida al servicio de
los demás, terminan convirtiéndose en expertos en ocultar sus propias heridas
mientras continúan atendiendo las ajenas.
A ello se
suma un elemento particularmente difícil de explicar a quienes observan la
labor fiscal desde fuera. El fiscal vive permanentemente sometido al juicio de
los demás. Cuando solicita prisión preventiva, algunos entienden que actúa con
exceso de rigor; si considera que las pruebas no son suficientes para acusar,
otros lo califican de complaciente o cómplice. Investigar a una persona
influyente suele generar cuestionamientos, pero abstenerse de hacerlo también
provoca críticas. Tomar decisiones que inevitablemente producirán inconformidad
forma parte de la rutina diaria de esta profesión.
Esa presión
termina pasando factura. El síndrome de burnout suele manifestarse mediante
agotamiento físico, trastornos del sueño, ansiedad, irritabilidad, dificultades
de concentración y una sensación permanente de cansancio. En muchos casos
aparecen problemas de salud asociados al estrés crónico, incluyendo
hipertensión arterial, trastornos gastrointestinales y episodios depresivos. Lo
más preocupante es que estos síntomas suelen normalizarse. Muchos continúan
trabajando porque entienden que el servicio no puede detenerse, aun cuando su
bienestar personal se encuentre seriamente comprometido.
Paradójicamente,
quienes tienen la responsabilidad de proteger derechos fundamentales suelen
descuidar los propios. Mientras dedican enormes esfuerzos a garantizar la
protección de víctimas, testigos y usuarios del sistema de justicia, con
frecuencia postergan consultas médicas, renuncian a espacios de descanso o
sacrifican tiempo que legítimamente pertenece a sus seres queridos.
Por esa
razón, el debate sobre la salud mental dentro del Ministerio Público ya no
puede seguir siendo postergado. No se trata de una cuestión de comodidad
laboral ni de una reivindicación de las asociaciones. Se trata de reconocer una
realidad humana que existe detrás de la función. Un sistema de justicia sólido
necesita profesionales preparados, independientes y técnicamente competentes,
pero también personas emocionalmente saludables capaces de sostener durante
años una labor tan exigente como la persecución penal.
Ocupar el
cargo de fiscal no es un concurso de belleza. No se trata de agradar, de buscar
reconocimiento ni de acumular popularidad. Es asumir decisiones difíciles,
soportar críticas y cargar responsabilidades que pocas personas estarían
dispuestas a aceptar. Cada caso que llega a una fiscalía involucra víctimas,
familias y conflictos profundamente humanos. También hay mujeres y hombres que,
pese al cansancio, la presión y las renuncias personales que impone la
profesión, continúan adelante porque entienden que la justicia no puede
esperar.
En cada caso
que llega a los tribunales existe una víctima que espera una respuesta del
sistema. Pero detrás de cada fiscal también existe una persona que intenta
cumplir esa misión sin dejar de ser padre, madre, esposo, esposa, hijo o hija.
Durante demasiado tiempo hemos hablado de la fortaleza de las instituciones sin
detenernos a pensar en la fortaleza de quienes las sostienen.
Comprender
esa realidad no constituye un acto de benevolencia ni una concesión
administrativa. Es reconocer que proteger la salud mental de quienes procuran
justicia es una condición indispensable para que nuestro sistema de justicia
conserve su sensibilidad, su equilibrio y su dimensión humana.
Porque en cada audiencia, en cada
investigación y en cada decisión difícil participa un ser humano que también
carga sus propias batallas. Y es precisamente por eso que ocupar el cargo de
fiscal no es un concurso de belleza.
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